El
siglo XVII fue una época de guerra y violencia, se veía frecuentemente
atormentada en dolor y muerte. Por eso también era más necesaria que nunca la
exaltación de la vida agitada e intensa para el hombre barroco.
En
ese contexto, se experimentaba el empuje de amar las pasiones de la vida así
como el movimiento y el color, como si de una magna representación teatral se
tratase. De hecho, se ha indicado con acierto que en las artes plásticas, el
barroco intenta reproducir la agitación y vistosidad de la representación
teatral.
Al
igual que una representación dramática se apoya en un decorado vistoso y
efímero, la arquitectura barroca se subordina a la decoración, que ha de ser
espectacular.
Otra
de las características del barroco que se manifiesta en la arquitectura,
escultura y la pintura es el juego de las sombras. En la estética del barroco,
son muy importantes los contrastes claroscuristas violentos. Esto es apreciable
fácilmente en la pintura (por ejemplo el tenebrismo) pero también en la
arquitectura, donde el arquitecto barroco juega con los volúmenes de manera
abrupta con numerosos salientes para provocar acusados juegos de luces y
sombras, como se puede apreciar, por ejemplo, en la Basílica del Pilar de
Zaragoza.
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